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La crítica literaria de Charlotte Brontë hacia Austen, Balzac y Thackeray

Elizabeth Gaskell recopiló las frases de Charlotte Brontë extraídas de cartas para hacernos una idea clara desde la misma voz de Charlotte, sobre sus sentimientos, su vida interna y sus gustos artísticos y literarios. Las cartas que contenían sus opiniones literarias datan especialmente del otoño de 1850, época en la que estaba embebida en la lectura y crítica debido a “la dolorosa ocupación de revisar las obras de sus hermanas ya fallecidas y la redacción de una reseña biográfica de Emily”.

En Vida de Charlotte Brontë , Gaskell la describe como una persona de carácter muy intelectual, y junto a sus hermanas, una consumidora precoz de obras literarias de las que escribía ensayos y referenciaba aquellas que más le impactaban en sus novelas. Siempre bibliófila, atenta a los nuevos lanzamientos que le enviaran sus editores y a los autores contemporáneos. Ella amaba la nueva pincelada de la realidad que tanto autores de ficción como de no ficción le aportaban con cada nueva obra y no tardaba en aprender, reflexionar y discutir sobre ellas con sus hermanas y sus amigos más cercanos.

Frases de Charlotte sobre Jane Austen: no le gustaba

En una correspondencia que tenía con George H. Lewes, un crítico y escritor inglés, Charlotte le responde sus alabanzas de Jane Austen manifestando su opinión sobre Orgullo y Prejuicio y la autora:

“¿Por qué le gusta tantísimo la señorita Austen? Eso me desconcerrta. Y qué es lo que le induce a afirmar que preferiría haber escrito Orgullo y prejuicio o Tom Jones antes que cualquiera de las novelas de Waverley?

No había leído Orgullo y prejuicio hasta que leí esa frase suya; entonces lo hice. ¿Y qué encontré? El daguerrotipo preciso de un rostro corriente; un jardín bien cercado y bien cuidado, con lindes definidas y flores delicadas; pero ninguna mirada de una fisonomía brillantes y vívida, ni campo abierto ni aire fresco, ni colina azul ni hermoso arroyo. No me gustaría vivir con sus damas y sus caballeros en sus casas elegantes pero cerradas. Estos comentarios seguramente le irritarán pero correré el riesgo.”

Ahora puedo entender la admiración a George Sand; pues aunque ninguna de sus obras me parece absolutamente admirable (creo que incluso Consuelo, que es la mejor, o por lo menos la mejor de las que yo he leído, mezcla la extravagancia extraña con la excelencia maravillosa), reconozco que posee un “dominio mental” que no comprendo del todo pero que respeto muchísimo; es sagaz y profunda: la señorita Austen es sagaz y observadora.”

(Pag 375, Vida de Charlotte Brontë, Edición Alba Minus).

A Charlotte no le gustaba Balzac y prefería a su compatriota George Sand

“Acepte mi agradecimiento por algunas horas de agradable lectura. Balzac ha sido para mí como un autor nuevo; y el entablar conocimiento con él por mediación de Modeste Mignon y Las ilusiones perdidas no dude de que he sentido bastante interés. Al principio creí que iba ser minucioso hasta la exasperación y espantosamente tedioso; produce bastante impaciencia su largo desfile de detalles, su lenta revelación de circunstancias sin importancia, mientras reúne a sus personajes en el escenario; pero enseguida entre en el misterioso oficio y descubrí complacida donde radica su fuerza: ¿No es en el análisis del motivo y en sútil percepción de los más oscuros y secretos mecanismos de la mente? Aún así, por mucho que admiremos a Balzac, creo que no nos agrada; sentimos lo mismo que hacía un conocido antipático que no hace más que exponer nuestros defectos de la luz y nunca muestra nuestras mejores cualidades.

Me gusta más George Sand, sinceramente…George Sand tiene mejor carácter que monsieur De Balzac; su mente es más amplia y su corazón más cálido. Las Cartas de un viajero están llenas de la personalidad de la escritora…Un punto esperanzador en toda su obra es la escasez de sentimentalismo francés; me gustaría poder decir que la absoluta falta del mismo; pero la mala hierba crece aquí y allá, incluso en las Cartas

Elizabeth Gaskell continua diciendo:

«Recuerdo la correcta expresión de disgusto que empleó la señorita Brontë al hablarme de algunas novelas de Balzac: «me dejaron bastante mal sabor de la boca”.

Charlotte y William Thackeray

Thackeray, el famoso autor de La feria de las vanidades, fue un escritor que Charlotte admiró siempre. Lo encontraba en el círculo literario que llegó a frecuentar algunas veces luego de reconocer la autoría de Jane Eyre, y siempre manifestó en sus cartas lo mucho que le llamaba la atención su personalidad.

Esta es su opinión de él al comentar su novela La historia de Henry Esmond:

“Lo que más me ha impresionado de la primera mitad del libro es la forma prodigiosa en que el autor se sumerge en el espíritu y las letras de la época que trata; las alusiones las ilustraciones el estilo, todo me parece magistral en precisión, armoniosa coherencia, sutileza, naturalidad y absoluta falta de exageración. Ningún imitador de segunda fila puede escribir así; ningún cronista torpe puede encantarnos con una alusión tan delicada y perfecta…A Thackeray Le gusta abrir una pulsera o un aneurisma; disfruta manejando el con el bisturí y sondeando la carne temblorosa y viva. A Thackeray No le gustaría que el mundo fuera bueno: a ningún gran satírico le gustaría que la sociedad fuera perfecta. Y es tan injusto como siempre con las mujeres; muy injusto…He advertido muchos otros detalles y lamentables y exasperantes mientras leía; pero luego, de nuevo, llegaban pasajes tan reales, tan perfectamente concebidos, tan tiernamente sentidos, que no podía por menos que olvidar y admirar”.

Paul Emmanuel y Lucy Snowe en Villette la mejor novela de Charlotte Brontë. Thackeray inspiró a Brontë para un pasaje de Villette

Paul Emmanuel y Lucy Snowe en Villette.

Gaskell sugiere que se pudo haber inspirado en rasgos de su personalidad para crear a Paul Emmanuel de Villette, e incluso describe un encuentro en Londres que se asemeja mucho a un pasaje de Lucy y Paul en la novela:

“Cuando terminó la conferencia, el señor Thackeray bajó del estrado, se acercó a Charlotte y le pidió su opinión. Ella misma me lo contó pocos días después, añadiendo comentarios casi idénticos que los que he leído en Villette, donde se describe una escena similar de Paul Emanuel:

Cuando nuestro grupo salía del salón, él se quedó en la entrada; me vio, me reconoció y alzó el sombrero; me tendió la mano al pasar y susurró las palabras: “Qu’en dites-vous?”. No debería haberse preocupado precisamente entonces por saber qué pensaba yo, ni lo que pensaba nadie. Pero se preocupaba, y era demasiado natural para disimularlo, demasiado impulsivo para reprimir su deseo.»

 

 

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